Populismo(s)







Uno de los signos de la fragilidad científica de la Politología está constituido por la enorme dificultad en consolidar un vocabulario genéricamente aceptado por la mayoría de sus cultores. En los casos de palabras como “democracia”, “socialismo” o “populismo”, por ejemplo, la equivocidad quizás alcance su máximo. ¿Qué tienen en común –respecto de la primera- la democracia estadounidense con las “democracias populares” vigentes por casi medio siglo en la Europa Central y Oriental? ¿Cómo confundir a Rosa Luxemburgo con Adolf Hitler, ambos autodesignados como socialistas? ¿Dónde está el hilo conductor entre el “populismo” de Bolsonaro y el de Podemos?



La respuesta a esta tercera pregunta aparenta ser fácil para ciertos intelectuales y semiintelectuales satisfechos. El populismo consistiría en la exaltación de los líderes carismáticos y su relación directa con las masas, es decir en la tendencia “monocrática” que tiende a prevalecer en distintos países de las más diversas regiones del mundo. Ahora bien: esto no es una política, mucho menos una ideología, es simplemente un “estilo” que caracteriza el declinar de democracias cansadas o bloqueadas.

Todo indicaría que el vocablo populista se ha constituido en un arma arrojadiza destinada a fulminar a todas las tendencias abiertamente críticas de determinado estado de cosas político-económico, algunas de ellas opugnadoras también de lo “políticamente correcto” y otras no tanto. Estas breves líneas apuntan solo a intentar esclarecer los términos de la cuestión, para que llamemos de la misma manera a las cosas similares y de otra manera a las diversas. Así de simple, teniendo siempre en cuenta que –según el DANTE- “sempre la confusion delle persone – principio fu del mal della cittade…”.

En un trabajo de hace cuarenta años [1] me atreví a identificar en el populismo la raíz de un proceso de decadencia histórica de la Argentina que ya por entonces databa de décadas. Ahora bien: ¿qué entendía en tales circunstancias por populismo? Diría que un conjunto de vicios culturales expresados en la recusación general de las autoridades sociales –desde la escuela hasta la empresa-, el sempiterno estatismo y la irrefrenable demagogia de la clase política y sus intelectuales orgánicos. Sin perjuicio de las múltiples y muy honorables excepciones, advertía expresiones de estos vicios en el radicalismo yrigoyenista primero, en el peronismo luego[2] y, finalmente, en la variopinta movida post-68 que, fogoneada desde Cuba, desembocaría en la guerra interna.

De cualquier manera, y mirando ya a toda la Región, en líneas generales puede percibirse un fondo común a distintas experiencias políticas concretas del siglo XX, que radica en un estatismo distribucionista. Llamaremos a esta versión, solo por razones cronológicas[3], Populismo I.

El proceso que hoy recorre Europa y que suele ser similarmente rotulado, se caracteriza en cambio, por un fuerte antiburocratismo, una tendencia hacia el libre mercado “hacia adentro” y un manifiesto reclamo de solidificación de las fronteras. Este es el Populismo II, cuyas afinidades con una serie de pulsiones propias del Partido Republicano de los EEUU y de su presente avatar, el “trumpismo” son evidentes. En otro lugar hemos expresado nuestros motivos para preferir, en este caso, la designación de tales movimientos como derechas identitaria o derechas populares, cuya agenda –como puede observarse- difiere marcadamente de los clásicos populismos latinoamericanos. En estos, últimamente, se registra en cambio una convergencia con la agenda cultural progresista.

Precisamente podría anotarse que el “populismo de izquierda” tiene patas cortas, en tanto[4] y en cuanto el Establishment al que denuncia se sitúa ideológicamente en el progresismo, realidad constatada por una variedad de trabajos de gran calado, desde los filosóficos de AUGUSTO DEL NOCE hasta los sociológicos de CHRISTOPHER LASCH, entre muchos otros. El “populismo de derecha” tiene pues, al menos en el corto y mediano plazo, las mejores chances y la aparición de BOLSONARO confirma su recepción, que promete propagarse, en América Latina.

De todo lo antedicho resulta claro que el populismo es un término-concepto totalmente equívoco para un uso fecundo en el análisis politológico de largo aliento. No es otra cosa que la reacción visceral, y quizás pasajera, contra un determinado statu quo con el que habían terminado comprometiéndose todas las fuerzas políticas tradicionales[5]. PARETO había descripto, en su célebre tesis sobre la “circulación de las élites” la necesidad en que éstas se encuentran de renovarse mediante la cooptación; y había alertado que cuando ello no ocurría por incapacidad o cerrilismo, la circulación empujada por los nuevos líderes naturales arrasaría con sus resistencias. En tal sentido, MONNEROT definió a las revoluciones como una”aceleración brutal de la circulación de las élites”. En una época signada por el descrédito de las grandes ideologias y por la creciente complejización de las tareas de gobierno, el populismo puede ser el modo subrevolucionario de atacar a las democracias bloqueadas.

¿Existe un potencial disponible para este neopopulismo en la Argentina actual? La respuesta depende de la actitud de la Clase Política respecto de un conjunto de issues que conforman prioritariamente la agenda del sector que podría estar inclinado a aceptar aquélla propuesta. ¿Entrará en la agenda de alguna fracción de la CP el alivio tributario que PYMES y MIPYMES juzgan indispensable? ¿Se avanzará enérgicamente en la transformación del asistencialismo de los “planes” en un régimen de capacitación y trabajo? ¿La “calle” será recuperada por el conjunto de la sociedad? ¿Se eliminará el adoctrinamiento en ideología de género en las escuelas? ¿Se comenzará a purgar nuestros estrados de jueces y fiscales abolicionistas? ¿Se logrará yugular la delincuencia rampante? Si la respuesta a estas preguntas por parte de la vieja CP resulta negativa o evasiva, aumentarán sensiblemente las chances de que aquello que la intelligentsia y sus comunicadores llaman populismo tenga su hora en el país. Quizás a través de un miembro reciclado de aquélla. O quizás a partir de algún outsider.


[1] El rescate de la República, Emecé, Bs. S., 1978, [2] Mi amigo Pascual Albanese acota, no sin buenos argumentos, que la experiencia del peronismo sería, más bien, “post-populista”, ya que tendió a forjar una determinada estructuración de la sociedad - la “comunidad organizada”- que supera la “ausencia de forma’ del populismo propiamente dicho. Un tema abierto. [3] Está claro que no incluimos en nuestro análisis los populismos decimonónicos, sobre todo el de los socialistas revolucionarios rusos y el del People’s Party americano. [4] Las dos principales marcas europeas de esta tendencia están evidenciando sus límites. Mientras Syriza, en Grecia, se mantiene en el Gobierno a cambio de ejecutar incondicionalmente la agenda del FMI, Podemos, en España, ha tocado un techo que sólo tiene alguna esperanza de perforar aliándose con agrupaciones secesionistas ajenas a su motivación original. [5] Los riesgos sistémicos de una excesiva proximidad ideológico-política entre las diversas fuerzas partidarias que ocupan el primer plano electoral, consistente en la aparición de fenómenos disruptivos que, atacando a los que “son todos iguales”, tienden a provocar movimientos tectónicos que, dentro del marco legal, pueden producir efectos análogos a las revoluciones en la conformación del liderazgo y en los valores sociales que se privilegian. Algo de esto es lo que hemos comenzado a ver en Italia, Francia y otros países europeos.

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El Foro es un espacio de encuentro de pensadores que, con variada pertenencia y plural mirada, reflexionan y trabajan con el anhelo de alcanzar el desarrollo de la Argentina y la unión nacional. Nuestra Patria, y en especial sus dirigentes, necesitan contar con concepciones y propuestas que se nutran en nuestras raíces y en los valores que nos engrandecieron, para superar la imposición de una ideología “progresista” que, con un discurso único y “correcto”, pareciera condicionar y atravesar toda la realidad política del país. La importancia de contar con una usina de ideas así inspirada, que revitalice el pensamiento y la acción al servicio del Bien Común, es lo que aquí nos une.

 

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