El destierro

La mañana del 3 de febrero de 1852 amaneció diáfana y calurosa en Buenos Aires. Se esperaba de un momento a otro el tronar de los cañones que sacudirían el sosiego de la ciudad, que en tensa espera se sumergía en un silencio de muerte anticipatorio de la hecatombe. Es que en Caseros se jugaba la suerte de Juan Manuel de Rosas y el imperio de Buenos Aires sobre el interior.




A las diez de la mañana la tierra tembló, los sesenta cañones porteños comenzaron a vomitar fuego sobre la infantería y caballería entrerriana, quién inmediatamente respondió con sus baterías.


Cuatro horas habían pasado y se hacía evidente el triunfo provinciano. Ante la certeza, Rosas abandonó el campo de batalla ingresando a la ciudad por los caminos del sur, dando un rodeo, que se supone efectuó, para pasar inadvertido y no levantar sospechas. En la actual Plaza Garay firmó su renuncia que dirigió a la Legislatura y luego marchó, vestido con poncho y birrete de tropa a la casa del Cónsul británico Robert Gore en busca de asilo. Allí lo recibió un sirviente que sospechó quien era y lo dejó pasar. Por la tarde llegó el embajador y así nos cuenta la historia


“Al regresar a mi casa a la cuatro y media de la tarde mi sirviente me informó que había admitido una persona con uniforme de soldado común pero que sospechaba ser el general Rosas, y que se hallaba reposando en mi lecho muy exhausto por la fatiga y una herida que tenía en la mano, habiendo pedido que se le dejase recostar. Entré inmediatamente y hallé a Rosas en mi cama cubierto con el humo y el polvo de la batalla y sufriendo fatiga y hambre. Inmediatamente me di cuenta que era necesario sacarle de mi casa y pasarlo a un buque de guerra antes que se supiese donde estaba.”


Mandó a buscar a sus hijos y luego de discutir con el caudillo, pues Rosas quería permanecer dos o tres días más para dejar arregladas sus cosas personales, le proveyó un largo capote negro y un gorro de marino, a Manuelita la vistió como si fuese un muchacho y al hijo con las ropas del Cónsul y así encubiertos subieron al bote que los llevó a la fragata de guerra surta a metros de la costa. Don Juan Manuel jamás volvió a ver a la ciudad de sus amores.