Masones y mazorqueros

Por Santiago González

Publicado en Gaucho Malo el 2 de septiembre de 2021


La Argentina necesita reunir con la mayor urgencia una masa crítica de nacionalistas apasionados y liberales de buena voluntad


En cada nacionalista nuestros liberales ven un mazorquero, en cada liberal nuestros nacionalistas ven un masón. Liberalismo y nacionalismo han sido como el agua y el aceite en la historia argentina. ¿Y si esta controversia, que arrastramos desde las jornadas inaugurales de Mayo y está en la raíz de casi todas las grietas que en nuestra historia han sido, no fuera sino un malentendido? Estamos acostumbrados a confrontar liberalismo y nacionalismo como si fueran polos opuestos de un continuo ideológico. Pero si lo pensamos bien, ni siquiera es lo mismo que comparar peras con manzanas: es comparar peras con cascanueces; es poner lado a lado cosas que nada tienen que ver entre sí, que carecen, como suele decirse, de puntos de comparación.

Cosas que pertenecen a planos distintos del ordenamiento social, como se advierte sin demasiada dificultad echando un vistazo al mundo que nos rodea o a los libros de historia.


Pensemos un poco. Una nación nace de la voluntad de un grupo de personas que reconocen tener algo en común: la historia, la etnia, la religión, la lengua, la visión del mundo, la sangre; que comparten algún tipo de interés, y que unen fuerzas para defenderlo y promoverlo, dentro de los límites de un territorio reclamado como propio. Una nación encuentra en el pasado la identidad que la aglutina, vigila en el presente el patrimonio a defender, dirige hacia el futuro su proyecto de vida en común. Una nación está obligada a ser nacionalista porque para eso fue creada; está obligada a ser nacionalista tal como una persona está obligada a ser egoísta, no en un sentido moral sino en el sentido de que su primer mandato consiste en preservar la propia existencia.


Por eso las grandes naciones hacen gala de su capacidad militar. La decisión de defenderse expresa en el presente, ante propios y extraños, la voluntad de ser de una nación, arraigada en el respeto por su pasado y apuntada hacia el futuro. La atención, el cuidado y los recursos que una nación asigna a su defensa dan la medida de su cohesión, de su vocación, de su vigor. La nación argentina nació de un acto de defensa, el rechazo de las invasiones inglesas, y recibió un golpe todavía no sabemos si mortal cuando fue inducida a desconocer otros actos de defensa: el combate contra el terrorismo izquierdista y el ejercicio de la soberanía en el Atlántico sur. La dura campaña de opinión contra ambas acciones fue un ataque deliberado contra la nación.


Una nación está obligada a ser nacionalista, pero una nación no está obligada a ser liberal. Esta simple comprobación nos dice que nacionalismo y liberalismo son cosas que pertenecen a órdenes diferentes y no es posible oponer una a la otra. El mundo está lleno de naciones que no son liberales sino comunistas, socialistas, teocráticas, monárquicas, tribales, y una larga serie de etcéteras, y nadie les niega la condición de tales. La nación es anterior a cualquier arreglo político, económico, social o de otro tipo que el grupo humano que la compone decida adoptar para regular su convivencia. Los congresistas que en 1853 se reunieron para redactar una Constitución lo hicieron, como dice su preámbulo, en calidad de representantes del pueblo de una nación argentina que ya tenía conciencia de serlo.


Ahora bien, si el nacionalismo expresa la vocación de ser de una nación y el liberalismo es el instrumento o la técnica preferida de algunas naciones para desplegar ese ser, ¿por qué los vemos tan frecuentemente presentados como polos opuestos e irreconciliables? En buena medida, los responsables del improbable duelo entre masones y mazorqueros han sido quienes erigieron el nacionalismo y el liberalismo en ideologías, casi en religiones, con sus libros sagrados, sus credos, sus sacerdotes, sus anatemas, sus santos, sus mártires y su cielo prometido. Entre nosotros se habla incluso de nacionalismos de izquierda y de derecha, ¿pero cómo puede ser ideológica la voluntad de ser? Su alternativa sería el no ser, la muerte. Y respecto de la democracia republicana y la economía de mercado, ¿cómo puede ser ideológica una técnica, un instrumento, algo diseñado para ser útil, y perfectible además?


El ordenamiento liberal que surge de la Constitución de 1853 es el instrumento que la nación se procuró a sí misma para regular las relaciones entre sus connacionales. En diez líneas el Preámbulo ofrece un rico puente conceptual entre la nación preexistente y el ordenamiento constitucional cuyos objetivos enumera: “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad.” En otras palabras, cohesión, equidad, seguridad, defensa, progreso y libertad describen la estrategia que la nación argentina le fija a los constituyentes para que ordenen su funcionamiento. Esto es todo lo que la nación espera del orden instaurado por su Constitución, y es lo que ese orden político le viene negando por lo menos desde hace medio siglo. ¿Acaso el instrumento escogido ha dejado de funcionar?


La elección por parte de los constituyentes de instrumentos liberales -el sistema republicano para dirimir la distribución del poder y la economía de mercado para regular la distribución de la riqueza- fue extremadamente sabia. Casi dos siglos después, ni la filosofía política ni la teoría económica han encontrado mecanismos más transparentes ni más justos ni más eficaces para resolver de manera razonablemente pacífica los dos problemas más complicados que afronta una sociedad: quién manda y cómo se reparten los frutos de su trabajo. Basados en el mérito, la competencia y el esfuerzo, esos instrumentos exigen al ciudadano dar lo mejor de sí en su propio beneficio y en beneficio del conjunto, sin otra coacción que la que brota de su ambición y sin otro límite que el de su capacidad.


Los instrumentos en sí funcionan, y sobran los ejemplos en el mundo para demostrarlo. Tanto funcionan que los comunistas chinos, por ejemplo, debieron apelar a la economía de mercado para sacar a su país de la miseria a la que lo había arrojado el socialismo. El hecho de que la economía de mercado pueda convivir con un sistema político autoritario confirma de paso su carácter instrumental, no ideológico ni filosófico. Nuestro problema, y también el de las mayores naciones occidentales, es que hemos desfigurado la economía de mercado y la democracia republicana hasta volverlos irreconocibles. Y ahora estamos frente a la disyuntiva de repararlos, o reemplazarlos por otros que inicialmente pueden parecer eficaces en comparación con el estado actual de las cosas pero que difícilmente respondan al mandato de “asegurar los beneficios de la libertad”.


Cuando los nacionalistas recelan de los masones, y cuando los liberales desconfían de los mazorqueros, razones no les faltan. Los liberales han aportado a nuestra historia una larga nómina de corruptos y entreguistas y los nacionalistas una indeseable galería de violentos y autoritarios. Escudados tras las banderas liberales, muchos se llenaron y llenan los bolsillos como comisionistas de intereses extranjeros, y amparados en los estandartes nacionalistas otros tantos amasaron y amasan fortunas haciendo negocios con un estado hipertrofiado. En distintos momentos de la historia, unos y otros se mancharon las manos con sangre argentina. Y cuando decidieron trabajar juntos, la última vez en la Revolución Argentina de Juan Carlos Onganía, que atrajo a muchos bienintencionados, los resultados fueron espantosos: unos iniciaron la destrucción de la economía nacional, los otros les allanaron el camino a los Montoneros, y entre los dos abrieron las puertas del infierno.


El nacionalismo como vocación de ser y el liberalismo como instrumento organizador de la sociedad tienen reservados lugares y funciones muy distintas pero complementarias en la vida de la nación. De manera apresurada podría decirse que al nacionalismo le corresponde la estrategia y al liberalismo la táctica, que el nacionalismo se ocupa del lugar de la nación en el mundo y el liberalismo de organizar su sociedad y sus recursos para permitirle conquistar, defender y eventualmente ampliar ese lugar. El problema surge cuando nacionalismo o liberalismo pretenden decidirlo todo. Un nacionalismo dominante puede conducir a un estado elefantiásico, autoritario y asfixiante; un liberalismo sin límites puede llevar a una sociedad anómica, invertebrada e intrascendente. Una vez convertidos en ideologías totalitarias, si cualquiera de los dos se impone, o si los dos se asocian, el destino de largo plazo es el mismo: el debilitamiento y la desaparición de la nación.


Si liberalismo y nacionalismo no son conceptos antagónicos sino más bien complementarios, lo deseable sería que ambos habitaran la inteligencia, los afectos y la voluntad de cada dirigente. Pero eso parece humanamente imposible, al menos en este momento de la historia. Deberíamos conformarnos con que ambas inclinaciones estuvieran más o menos equilibradamente representadas en los poderes de la nación, de manera que cada una obrara como dique de contención cuando la otra excede sus límites. Un ejemplo externo: siguiendo la lógica de la economía de mercado, las empresas estadounidenses trasladaron sus manufacturas a China, donde los sueldos son menores. Eliminaron así puestos de trabajo en los Estados Unidos y empobrecieron a su población, al tiempo que los crearon en China y mejoraron el nivel de vida de los chinos. Donald Trump les advirtió que allí habían cruzado un límite y, mediante presiones e incentivos, su gobierno los indujo a volver a casa. Hemos sido testigos del feroz castigo que el liberalismo impuso a Trump por expresar la vocación y el interés nacional estadounidense.


En realidad, todas las grandes naciones que los liberales suelen poner como ejemplo de las bondades de su sistema han sido al mismo tiempo vehementemente nacionalistas, desde Europa y los Estados Unidos hasta los tan mentados tigres asiáticos, cosa que, al menos el liberalismo local, escamotea cuidadosamente cuando habla del tema. Desde comienzos de siglo, ese nacionalismo sufre un despiadado ataque político, económico y cultural, conducido desde el poder financiero, expresado por los partidos socialdemócratas, y orientado a derribar los estados nacionales para suplantarlos por un gobierno global destinado a regir sobre una población de esclavos mansamente dispuestos a aceptar el yugo a cambio de un bienestar de mascota. La pandemia imaginaria impuesta al mundo fue el más reciente golpe de esa campaña, y su éxito indiscutible debería advertirnos que estamos en peligro. Seriamente en peligro. Especialmente nosotros, los argentinos.


Nuestras instituciones liberales, ésas que nos llevó más de medio siglo edificar, se desintegraron en menos de medio siglo. Ya no tenemos economía de mercado ni democracia republicana sino un remedo o caricatura de ambos instrumentos. Desde Malvinas, carecemos incluso de esa tensión entre liberales y nacionalistas que animó la vida política del país en el siglo XX: el castigo por nuestra osadía fue la abolición del nacionalismo y la absorción de los dos grandes partidos por una socialdemocracia traidora que abre la puerta y allana el camino a la gobernanza global. Radicales y peronistas, en sus actuales encarnaciones, han impuesto una agenda social y política (género, cambio climático, pandemia, indigenismo, multiculturalismo, veganismo, etc.) que nada tiene que ver con la identidad histórica y cultural de la nación, y menos con sus urgentes necesidades. El estado destina 50 veces más dinero a subsidiar una multitud de organizaciones no gubernamentales extranjeras que operan contra el país que a sostener la Iglesia Católica, cuyo culto la nación reconoce como propio en su constitución liberal.


Si queremos sobrevivir, si la nación argentina conserva todavía vocación de ser y si su pueblo quiere volver a gozar de los beneficios de la libertad que alguna vez le permitieron figurar entre los países expectables de la tierra, necesitamos reunir con la mayor urgencia una masa crítica de nacionalistas apasionados y liberales de buena voluntad. Que no suspiren ante el retrato de Encarnación Ezcurra ni ante el de Ayn Rand. Que, unidos en un mismo patriotismo, sean capaces de dialogar, de reconocer la legitimidad de sus respectivas preocupaciones y respetar su lugar, de diseñar un programa de reconstrucción nacional y llevarlo a la práctica libres de imperativos ideológicos o mandatos sagrados, guiados por el más riguroso pragmatismo pero con apego inclaudicable a la identidad y la historia, y con la vista puesta en la única empresa digna de empeño para el hombre cuya preocupación es el bien común: la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.