Pearl Harbor y el fin del aislacionismo norteamericano

Por Mariano Caucino

Publicado en Infobae el 5 de diciembre de 2021


El ataque de las fuerzas de Japón a la base naval, en diciembre de 1941, marcó el ingreso de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial.



En la primera semana de diciembre de 1941, hace exactamente ochenta años, el Imperio del Japón atacó la base naval norteamericana de Pearl Harbor (Hawaii), provocando la muerte de dos mil cuatrocientos estadounidenses y la pérdida de varios destructores y acorazados. El dramatismo de los hechos transformó en abstracto el debate interno en los Estados Unidos sobre la necesidad de ingresar en la Segunda Guerra Mundial y marcó un punto de inflexión en la contienda.


El Presidente Franklin Delano Roosevelt (FDR) fue informado mientras almorzaba en la Casa Blanca junto a su asesor todoterreno y hombre de extrema confianza, Harry Hopkins. El ataque sorpresivo despertó en la Administración una sensación de traición. Hasta horas antes, el embajador nipón Kichisaburo Nomura había estado negociando con el secretario de Estado Cordell Hull sobre el escenario en el Pacífico. La noche anterior al bombardeo, en el Salón Oval, Roosevelt y Hopkins habían estado analizando informes de inteligencia que reportaban movimientos llamativos de los japoneses. “Esto significa que tendremos guerra”, aseguró Hopkins.


Al día siguiente, Roosevelt dio su recordado discurso ante el Congreso en el que aseguró que el 7 de diciembre se convertiría en “una fecha que vivirá en la infamia”. La decisión del Imperio del Japón había obligado a los Estados Unidos a ingresar de lleno en la guerra.


Para entonces la contienda se había cobrado infinidad de muertos en Europa. En los más de dos años transcurridos desde 1939, el Tercer Reich de Adolf Hitler había tomado el control de prácticamente todo el territorio europeo. Gran Bretaña luchaba en soledad. Winston Churchill intentaba convencer a Roosevelt sobre la imperiosa necesidad de que los Estados Unidos se comprometieran más activamente.


Pero entonces reinaba un fuerte sentimiento aislacionista. Acaso era el cimiento histórico de ese inmenso país, de dimensión continental, bendecido por la geografía con dos inmensos océanos que lo aislaban de los conflictos lejanos. De una u otra forma el país se había mantenido aferrado al concepto basal expresado por George Washington al bajar de la Presidencia en 1797. Cuando estableció que los Estados Unidos debían abstenerse de alianzas permanentes, evitando verse envueltos en las disputas entre potencias europeas y determinando que su conducta internacional debía limitarse a la menor conexión política posible con otras naciones y solo debían extenderse los lazos comerciales. Regla que el país había celosamente observado durante más de un siglo y que solamente había quebrado cuando la propia evolución de su poder lo llevó a proyectarse globalmente. A través de intervenciones “reluctantes” -según las palabras del Presidente Teddy Roosevelt en 1904- acordes al papel inevitable derivado de las obligaciones internacionales de una potencia de su escala.


Pero todavía a comienzos de los años 40 el pueblo norteamericano tenía una fuerte resistencia a la idea de enviar tropas al extranjero. FDR enfrentaba la oposición de los aislacionistas. Uno de ellos, quizás el más notable, era el héroe de la aviación Charles Lindbergh (sospechado de simpatías filonazis) quien lideraba el movimiento “America First” y quien había asegurado que Inglaterra estaba perdiendo la guerra. Entendiendo que era menester conservar las reservas militares para resistir un inevitable ataque alemán.


Consciente del drama que se avecinaba, al iniciar la campaña en busca de un tercer periodo sin precedentes, Roosevelt había reforzado su Administración. La hora exigía el nombramiento de miembros extrapartidarios. Y así llegaron al gabinete dos republicanos “internacionalistas”: Henry L. Stimson y Frank Knox, elegidos para liderar las secretarías de Guerra y de la Armada. A la vez que había incrementado considerablemente el presupuesto de Defensa. Y en el verano de 1941 pudo persuadir al Congreso a autorizar el reclutamiento de tropas en tiempos de paz, una resolución que fue aprobada tan sólo por un voto en la Cámara de Representantes.


Fue necesario entonces que Roosevelt empleara buena parte de su talento político para convencer al Congreso sobre la necesidad de autorizar una mayor ayuda a Gran Bretaña. A pesar de las leyes de neutralidad que habían sido adoptadas en la década anterior y que imponían prohibiciones a otorgar préstamos y otras formas de asistencia financiera a los beligerantes. Al extremo que en 1938 la cámara baja había estado a punto de adoptar una enmienda constitucional que exigía un referéndum para convalidar declaraciones de guerra, con la sola excepción del caso en que el territorio norteamericano fuera invadido. Pero a comienzos de la nueva década, con la economía ya recuperada de la Gran Depresión de 1929/30, los Estados Unidos pasarían de la neutralidad a la no beligerancia, ayudando a los países que resistían el avance de Alemania e Italia.


La caída de Francia, en junio de 1940, y la eventual invasión alemana a Gran Bretaña aceleraron aquellos sentimientos, Convenciendo a Roosevelt y al pueblo norteamericano de la necesidad de que buscara una nueva reelección. El 10 de ese mes, cuando Francia se rendía ante la invasión nazi -con la sola excepción de aquel gigante que fue el general Charles de Gaulle- Roosevelt en los hechos abandonó la neutralidad formal. Para pasar a respaldar abiertamente a Churchill quien seis días antes, ante la Cámara de los Comunes, había asegurado que “llegaremos hasta el final”. Al tiempo que demostrando su inigualable fuerza de voluntad afirmó que “si por algún momento esta isla o gran parte de ella fuera sometida y pasara hambre, entonces nuestro Imperio del otro lado de los mares, armado y guardado por la flota británica, continuará la lucha hasta que, cuando Dios diga, el Nuevo Mundo, con todo su poder y su potencia, salga al rescate y a la liberación del Viejo”.


La ley de Préstamos y Arriendos (Lend-Lease) aprobada en 1941 se convertiría en el instrumento fundamental para suministrar alimentos, petróleo y material militar a los aliados cuya defensa se considerara vital para la seguridad de los Estados Unidos. Naturalmente, la ley encontró oposición entre los miembros aislacionistas del Senado, como Robert A. Taft (R-Ohio) y Arthur Vandenberg (R-Michigan). Este último protestaría que dicha política implicaba “tirar a la basura” la doctrina de Washington considerada la piedra angular de la tradicional neutralidad norteamericana y advirtió que “nos hemos lanzado de lleno a la política de poder (Power Politics) y a las guerras de poder en Europa, Asia y África”.


El ataque sorpresivo a Pearl Harbor actuó como un catalizador. De pronto, la no-beligerancia quedó agotada y los Estados Unidos entraron en la guerra como aliados de los británicos, los soviéticos y los chinos. Convirtiéndose, tal vez por primera vez, en una verdadera superpotencia de alcance global. Capaz de luchar simultáneamente en dos frentes, en Europa y en el Pacífico.


El involucramiento norteamericano superaría ampliamente a la participación de los Estados Unidos veinte años antes cuando el Presidente Woodrow Wilson decidió el ingreso en la guerra tras los ataques alemanes en 1917. Entonces, por primera vez, los Estados Unidos habían roto su tradicional neutralidad y aislacionismo respecto a los conflictos europeos.


Al lanzar una ofensiva hostil, las potencias del Eje resolvieron por sí mismas el extendido dilema de Roosevelt sobre cómo llevar a su pueblo a la guerra. La tragedia de Pearl Harbor conduciría a Washington a tomar la decisión de ingresar a la contienda. El America First Committee fue disuelto el día 10, apenas setenta y dos horas después del ataque. Al entrar a la guerra, FDR se enfrentó a dos objetivos decisivos. El primero consistente en derrotar a las potencias del Eje. El segundo sería cómo convencer a su pueblo de la necesidad de terminar con el aislacionismo, dotando a los Estados Unidos de un rol decisivo en los asuntos internacionales de la post-guerra.


En “Diplomacy” (1994) Henry Kissinger escribió que el ingreso de los Estados Unidos a la guerra constituyó la culminación de la extraordinaria acción de un audaz y extrovertido dirigente que en menos de tres años había logrado conducir a su pueblo, tradicionalmente aislacionista, a una guerra global. Y advirtió que para los dirigentes contemporáneos que gobiernan en función de los dictados de las encuestas de opinión, el papel de Roosevelt al llevar a un país aislacionista a participar en la guerra constituye una lección objetiva sobre el alcance del liderazgo político.